¿Quiénes me siguen?

Nuestra imaginación nos pertenece. ¡No a los plagios!

sábado, 21 de septiembre de 2013

Bailar bajo la lluvia.

Hoy, como cientos de días antes, algo ha ido mal, no ha sido como debería ser y los problemas se han cebado con tu vida pero, sin importarte, caminas bajo el lluvioso cielo de la ciudad, ejecutando lo que son unos improvisados pasos de baile, sin importarte la gente que pueda verte.
No estás recordando ni uno solo de los malos momentos que han pasado y tampoco tienes la más mínima intención de hacerlo, sino que te regocijas en la diversión que supone para ti el hecho de que la lluvia te caiga sobre el rostro, pues eres más que consciente de que la vida no dura eternamente y los momentos malos no son más que piedras en mitad de nuestro camino que hay que aprender a sortear.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Desilusión, decepción.

La mayoría de la gente opina que no hay dolor más amargo que el sufrimiento, que ese sentimiento desgarrador que te oprime y luego te estira el pecho, hasta que finalmente te rompe por dentro, dejándote como un muñeco que ya no puede ser usado hasta que alguien regrese para arreglarlo.
Quienes piensan eso, quienes lo viven en su propia carne, tienen razón. Pero yo discrepo.
Y es que yo he notado que lo que realmente nos mata por dentro, más allá del sufrimiento que nos paraliza y nos rompe pero que nos permite recuperarnos, es la desilusión.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Dos Extraños.

Se veían todas las mañanas cuando entraban en la universidad, pero no se hablaban, ni siquiera se conocían. Eran dos extraños con una rutina similar y amigos comunes, pero sus edades diferentes les habían situado en distintos cursos. Simplemente se limitaban a observarse en la distancia, sin conocer sus pensamientos ni sus sentimientos, tan solo sus nombres.
Eran dos personas destinadas a encontrarse, pero nunca llegaba el momento de que lo hicieran, hasta que finalmente sucedió.
Todo el mundo observó cómo él se sentaba a comer en la misma mesa que ella, tratando de iniciar una conversación que ella le ayudó a desarrollar. La afinidad entre ambos surgió al instante, era casi palpable a su alrededor que tenían un futuro por delante, que podían ser felices juntos.
Todos habían sabido desde el principio que eran almas gemelas, que serían inseparables, pero ya era hora de que lo descubrieran también ellos.
Las charlas a la hora de la comida se transformaron en conversaciones entre cada clase y estas  se vieron sustituidas por salidas cada tarde e, incluso, por las noches.
Se querían, se abrazaban, confiaban el uno en el otro de tal forma que desnudaron sus almas.

En definitiva, dejaron de ser dos extraños.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Frío.

Siento el frío en la piel, la imposibilidad de mover los dedos tras horas sabiendo que están congelados. Cuando intento mover los pies, enfundados en gruesas botas de piel, noto el dolor que producen cientos de pinchazos, que se clavan en la carne como agujas, mezclándose con la sensación de humedad producida por el hielo derretido.
No importa cuánto me abrigue, cuánto acerque el abrigo de piel a mi cuerpo, pues la ventisca no cesa y el viento helado choca contra mi ahora congelada e insensible cara, hiriéndome los copos de nieve como si fueran látigos. Cuán preciosos los creía semanas atrás, cuando caían suavemente y cuán terribles los veo ahora, que me azotan.
A cada segundo que pasa, siento mi cuerpo que se paraliza más, pues ni siquiera mi cerebro es capaz de enviarle las órdenes de continuar. Apenas puedo pensar, a excepción de recuerdos de calidez, como el caldo caliente que hierve en el puchero de mi casa o el calor que desprenden las llamas de la chimenea. He llegado a un punto en el que ya no recuerdo cómo llegué a esta situación, a estar completamente sola en medio de semejante temporal.
Simplemente me doy cuenta de cómo mi vitalidad se va apagando, como una vela que, al soplarla lentamente, conserva una llama que, llegado un momento, no puede resistir más y se agota. Ese es mi cuerpo en este instante, una llama a punto de agotarse.
mis ojos comienzan a cerrarse sin que yo pueda hacer nada por evitarlo y las piernas dejan de responderme por completo, haciendo que todo mi ser caiga al suelo, la nieve amortiguando el golpe.
La oscuridad se va reuniendo sobre mí o así le parece a mi mente moribunda, antes de que mis ojos se abran, realizando un gran esfuerzo, al escuchar un sonido similar a una moto. Veo una gran figura acercarse a mí y creo oír una voz gritando mi nombre.
Es entonces cuando le veo y distingo su joven y apuesta cara.
Sonrío.

Estoy salvada.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Rutinas y Despedidas.

Descorres las cortinas y observas el paisaje del exterior, encontrándote con el color grisáceo y apagado de la calle, donde dominan el cemento y el hormigón. La rutina es la misma de siempre y llega un momento en el que ya cansa.
Tan solo quieres alejarte de allí, despertarte y ver un mundo colorido donde la gente que te rodee parezca feliz, en lugar de agobiada por horarios interminables. Quieres rodearte de un aroma floral, dulce y agradable; en lugar de tener que soportar la peste de la polución.
Quieres vivir en un sitio distinto, empezar de nuevo y tener la vida que realmente deseas vivir.
De modo que vas al trabajo y te despides, haces las maletas y conduces hacia ese pequeño pueblo en el que viviste una vez, cuando disfrutabas de tu infancia. Es allí donde vuelves a descubrir esa gama de vivos colores que en la ciudad no existía y es también allí donde hueles ese aroma a naturaleza sin contaminar. Saludas a toda la gente que pasa a tu lado, sorprendida de todo lo que has cambiado y te encaminas a la que fuera tu casa, donde aún viven tus padres. Los saludos son tan calurosos que descubres lo mucho que les habías echado de menos.
Pasan los meses y tu vida ha cambiado. Ahora trabajas en una pequeña tienda que no te ocupa todo tu tiempo, dejándote espacio para divertirte, para poder escribir o hacer lo que te plazca. Vives en una casita pequeña, pero es bonita y tiene jardín.
Cuando eras joven no soñabas con vivir así, querías salir de allí, pero ahora no te quieres ir.
¿Por qué?
Porque eres feliz.

martes, 3 de septiembre de 2013

Tarde en el Cine

El otro día entré al cine y me senté en las butacas del fondo, donde no había nadie, donde podía verlo todo. Presté atención a los asientos delanteros, a las personas sentadas en ellos.
Vi a los niños pequeños, curiosos, con esa inocencia infantil que en esta sociedad mayor de edad no tardarán en perder. vi a los adolescentes, alegres con sus amigos unos; pensativos y en silencio otros;preocupados la mayoría por cosas que en un futuro no demasiado lejano carecerán de sentido.
Vi a los adultos, pegados al teléfono móvil por asuntos de trabajo, tan ajetreados que no se daban cuenta de nada, ni siquiera de ellos mismos, de que un momento de diversión lo estaban transformando en otro de aflicción, de una continuación de horas encerrados en una oficina; como contrapunto estaban los adultos parados, personas en cuyas caras habían aparecido arrugas prematuras debidas al estrés, a la falsa sensación de ser un estorbo social producida por la falta de ocasiones en las que sentirse útiles, al continuo pensamiento de encontrar un trabajo digno con el que poder alimentar a esos niños a los que, gracias a los bonos de promociones, habían llevado a ver la película.
También, por último vi a los ancianos, muchos de ellos solos, víctimas de muertes ajenas y de la soledad, causada por infrecuentes visitas familiares, otros de ellos estaban felices, acompañados, tratando de transmitir un poco de la sabiduría que adquirieron con los años.
Por último, me vi a mí misma, apenas un vistazo antes de prestar atención a la película.