¿Quiénes me siguen?

Nuestra imaginación nos pertenece. ¡No a los plagios!

miércoles, 25 de julio de 2012

Samantha martin (3)

Capítulo II:

-Yo había quedado hoy con ella- La chica seguía sollozando, sentada en la mesa de la sala de interrogatorios-, íbamos a desayunar en el centro comercial. El reloj de mi móvil está estropeado y se cambia de hora solo, así que llegué diez minutos antes de tiempo creyendo que era la hora a la que habíamos quedado, al llamar a la puerta me sorprendió que no abriera, porque siempre es muy puntual, así que usé las llaves que tenía yo para abrir la puerta y…


No pudo seguir hablando, se derrumbó de nuevo y volvió a llorar, derramando las lágrimas sobre la mesa de contrachapado.

Samantha se levantó un instante y salió de la sala para coger una taza de café. Smith se acercó a  ella.
-¿Qué tal os está yendo?
-Ella no ha sido- Le aseguró.
-¿Cómo lo sabes? Nunca puedes estar segura de algo sin pruebas.
-Si no me crees, entra en la sala contigua y mírala por el espejo. Está estudiando derecho, no teatro. Tantas lágrimas de dolor no pueden ser falsas- Apretó la taza con los dedos sin darse cuenta y su rostro se ensombreció-. Sé de lo que hablo.
Smith permaneció en silencio, ella regresó a la sala. Le tendió el café a la chica.
-Gracias- Susurró esta.
Ahora fue Samantha quien tomó las riendas del interrogatorio, hasta el momento todas las preguntas las había hecho Jared.
-¿Tiene alguna idea de quien pudo haberlo hecho? Comprenda que hasta la mayor tontería puede ser significativa en un asesinato.
-No- Negó la chica-, ella no tenía enemigos, asistía a galas benéficas y parte de lo que ganaba en sus recitales estaba destinado a obras sociales. Mi madre era perfecta.
-Está bien- Aceptó la policía-. ¿Sabe a quién vio su madre por última vez?
-Sí, Ayer quedamos para comer mi madre, mi tía, el marido de ésta, la representante de mi madre y Tom, el hijo de la representante.
-Comprenda que insisto tanto porque tengo que hacerlo, señorita Polo, pero es necesario que nos diga dónde estaba cuando se produjo el asesinato, cerca de las diez de la noche.
La chica se puso roja de repente.
-Bueno- Se ruborizó todavía más-, estaba en la suite del hotel en el que me alojo durante esta semana sin clases. Me acompañaba Tom, el hijo de la representante.
-Disculpe, señorita- Interrumpió Jared-, ¿por qué se aloja en un hotel y no en su casa, con su madre?
-Verá, mi madre es, era, maravillosa, pero como todos los artistas tenía sus pequeñas manías. Y me ponían de los nervios.
-¿Cómo cuales?-Quiso saber el chico.
-Son de lo más tontas, como cambiar de canal cada cinco minutos, dar golpecitos en las puertas después de cerrarlas, limpiar continuamente el piano- Explicó-. Eso era algo que hacía todos los días, aunque estuviera reluciente, lo limpiaba todos los días durante varias horas, y también comprobaba la afinación de las cuerdas. ¿Saben la cantidad de horas que desperdiciaba haciendo eso?- Sonrió tristemente- La pena es que ya no va a poder malgastar más horas, porque ya no tiene tiempo.

Otra vez empezó a llorar.

Dieron el interrogatorio por terminado. La chica se fue tras asegurarles que estaría disponible si volvían a necesitarla. Ella les dio la dirección de los demás sospechosos.
-No ha sido ella.
Giró la cabeza y vio a Jared Clapton a su lado. Le estaba tendiendo una taza de café, pero seguía tan serio como le había visto en todo el día.
-Gracias- Aceptó la bebida-. Yo también lo creo, es imposible que alguien finja tan bien.
-¿Te has fijado antes en las manos de la pianista?
-¿Te refieres a las uñas?- Su compañero asintió con la cabeza- No lo habría hecho si no las tuviera pintadas de un color tan llamativo, pero sí, me he dado cuenta. Estoy segura de que arañó a su asesino.
-No tiene por qué, podría habérsela roto antes, pero resulta algo sospecho. ¿En qué te basas para asegurar que arañó al asesino?
-Es sencillo saberlo cuando eres una mujer- Explicó la chica-. El esmalte no estaba cuarteado, así que era reciente, sin embargo, si la uña hubiera estado rota antes de pintársela, se las hubiera cortado todas para igualarlas y ya después se las habría pintado. Cualquier mujer que tenga las uñas largas actuaría de ese modo, más todavía una mujer que vive de sus manos.
-Tiene lógica- Aceptó el policía.
Samantha observó la bebida, era muy oscura, tal vez demasiado para ser café.
-Puedes bebértelo- Jared sonrió-, no le he echado nada, es café normal. Ese color lo tienen los cafés de todas las comisarías del país, no me preguntes por qué.
La chica soltó una carcajada ante la primera gracia del chico, sin embargo, este ya había desaparecido. Le encontró cinco minutos después, estaba cogiendo su abrigo, se iba a buscar a uno de los sospechosos. Al verla se quedó clavado en el suelo. Ella se tomó su comportamiento a broma, era mejor no enfadarse con un tipo al que apenas conocía.
-Cualquiera diría que lo tuyo contra mí es algo personal.
Ella sonrió, pero él no la imitó.
-Yo no tengo nada contra ti.
-Nadie lo pensaría viendo cómo te comportas. Se supone, o eso creía yo, que somos compañeros- Continuó la chica- ¿Pensabas irte sin mí?
-¿Algún problema?
El tono del chico la sacó de sus casillas. La estaba probando, viendo hasta donde podía llegar.
-Mira- Se enfadó, su piel palideció aún más, como cada vez que se enfurecía-, me da igual que pases de hablarme fuera del trabajo, no tengo ningún interés en que lo hagas. Ahora, que como se te ocurra intentar sabotear mi trabajo, que es lo que estás haciendo ahora mismo, tu superior se enterará de inmediato- Añadió, para darle el toque final a su discurso-. Y no me estoy refiriendo únicamente a Smith. Me dan igual tus méritos pasados, a mí no me la vas a jugar.
Cogió su chaqueta y bajó por las escaleras. El hombre tardó en reaccionar, no esperaba la reacción que había tenido, le cogió por sorpresa. Tenía que admitir que le había preocupado seriamente su forma de hablar, aquella mujer no bromeaba, tenía que andarse con más cuidado. Aunque a la vez le había gustado aquella muestra de coraje.
Llamó al ascensor y esperó a que llegara, cuando bajó, la chica ya se había ido a buscar al sospechoso. No llegó a salir de la comisaría, una mujer de poca estatura y piel oscura le detuvo.

Samantha les encontró a los dos juntos, a la madre y al hijo. Eran muy parecidos, altos, delgados, morenos, de pelo castaño y ojos verdes. Primero la vio a ella, estaba sentada en la silla de su despacho, escribiendo en su ordenador mientras hablaba por teléfono, luego llegó él, llevaba un vaso de agua en una mano, con la otra sostenía la revista que estaba leyendo. Entró en el despacho después de llamar a la puerta de cristal. Las dos personas se le quedaron mirando, invitándola con la mirada a presentarse. No les hizo esperar.
-Agente de policía Samantha Martin- Sacó la placa y la mostró-. Son ustedes los sospechosos del asesinato de Ariadna Soto.
La reacción de la mujer no se hizo esperar.
-¿Cómo? ¿Ariadna ha muerto?
-La han asesinado, señora- Corrigió la chica.
-¿Quién?
Fue el hijo quien lo preguntó, la madre se había quedado paralizada, con la boca abierta de par en par, mirando a la policía.
-No se sabe, por ahora son ustedes sospechosos. Deberán acompañarme a comisaría para interrogarles.
-¿A comisaría?-Repitió la mujer- ¡Esto es absurdo! ¿Por qué iba a querer matar a mi cliente? ¡Gracias a ella gano mucho dinero!
La chica se encogió de hombros, no sabía cómo responder a aquello, al fin y al cabo era su primer caso. Estaba incómoda cuando regresó a su coche, con unos posibles asesinos en el asiento de atrás. Habían salido con la máxima discreción del estudio, tal y como lo había pedido la representante, para que la prensa no se enterara por el momento de lo que había sucedido, pero no tardarían en hacerlo, la persona que había muerto era famosa y pertenecía a la clase más selecta de la ciudad.
Llegaron a la comisaría tres cuartos de hora después de haberse marchado de allí. Los sospechosos salieron del ascensor y se sentaron en las sillas que les indicó la chica, les estaban vigilando desde sus asientos otros dos policías, los dos hombres. En aquel lugar Samantha era la única mujer, aparte de una policía que trabajaba en otro departamento.
Se acercó a Jared, estaba  de pie frente a su escritorio, hablando con una mujer muy parecida a la victima pero bastante más alta y un hombre de mediana edad, de la misma altura que su acompañante. Eran los otros dos sospechosos, La hermana de la pianista y su marido. Esperó a que su compañero la viera, cuando lo hizo, se disculpó un momento y fue a hablar con ella.
-He averiguado algo- Le anunció. Luego señaló a la pareja- Antes de ir a buscarles.
-¿El qué?
Ahora era ella la que mantenía la máxima expresión de seriedad en su rostro.
-¿Estás enfadada?-Reordenó sus pensamientos- Bueno, no importa. Verás, antes de ir a buscar a estos- Volvió a señalarles-, una vecina de la pianista ha venido a hablar conmigo. Ayer subió las escaleras andando y cree que pudo ver al asesino, aunque no muy bien. Al parecer la luz estaba apagada. Lo único que notó fue que el asesino era alto, pero no puede decir cuanto y que cuando la pianista le vio dijo algo así como “Ah, eres tú, pasa y dime qué quieres”. La mujer dice que la persona a la que vio también llevaba una especie de chubasquero de un color chillón, tal vez amarillo, era largo y le tapaba casi todo el cuerpo, pero con la oscuridad no pudo ver si usaba zapatos de hombre o de mujer, además- Añadió-, afirma haber bebido un poco de más, regresaba de una reunión entre amigos. ¿Qué te han dicho tus sospechosos?
-Todavía nada- Confesó la chica-. Venía aquí para interrogarlos. ¿Los tuyos?
-Lo mismo digo. ¿Les interrogamos los dos?
La chica le miró. No hablaba en broma.
-Está bien.
El primer turno le tocó a la hermana de la víctima, Carolina Soto. Respondió a todas las preguntas antes de que las formularan.
-Ayer comimos juntas, sí. Con nosotros estaban mi marido, mi sobrina, la representante de mi hermana y el hijo de esta. Después de la comida mi marido y yo nos pasamos por el centro comercial que se encuentra a medio kilómetro de nuestra casa para ver una película- Sacó las entradas del monedero y se las tendió a la chica, que comprobó que la fecha era del día anterior-. Después entramos a unas tiendas y compramos unos muebles para la habitación de nuestro hijo- Se tocó el vientre y sonrió-, estoy embarazada de tres meses- También sacó los recibos de las tiendas-. Después regresamos a casa, cerca de las ocho de la tarde. Ya no tenemos más coartada, pero les aseguro que ni mi marido ni yo salimos de la casa.
-¿Es usted abogada, señora Soto?
-¿Cómo?
-Que si es usted abogada- Repitió Samantha-. Ha contestado a todas las preguntas que pensábamos hacerle antes de que las dijéramos, lo que indica que ha estado presente en numerosos interrogatorios.
-Es verdad- Sonrió-, lo soy.
-¿Y por qué no ha llamado a un abogado?- Preguntó Jared- Sabía que podía hacerlo y, de haber sido necesario, no habría podido ejercer de abogada para usted misma.
-No he llamado, agente, por que no lo necesito. Soy inocente del asesinato de mi hermana.
La mujer salió de la sala y fue a avisar a su marido. Ellos se miraron durante el tiempo que tardaba en llegar.
-¿Crees que sea inocente?
La chica miró a su compañero. Fue la primera vez que se fijó en sus ojos, eran de un clarísimo marrón grisáceo.
-No lo sé. Oculta algo.
-¿Tú también te has dado cuenta?
-Claro, hablaba de manera fría, sin un ápice de dolor ante lo que le ha pasado a su hermana. Si no ha sido ella, motivos no le faltaban.
-Estoy de acuerdo.
Callaron cuando Marco Inglés, el marido de Carolina Soto, llamó a la puerta. Samantha se preocupó seriamente al ver el color de so rostro. Estaba tan nervioso que se estaba poniendo verde por segundos. Le acercó un vaso de plástico lleno de agua. Las manos del hombre temblaban cuando lo aceptó, pero después de beber el contenido se fue tranquilizando. Su confesión coincidía plenamente con la de su mujer, no cambiaba ningún detalle.
-Una última pregunta, señor Inglés- Le pidió Samantha-, ¿me podría aclarar si había algún problema entre la víctima y su mujer?
Los dos policías notaron cómo el hombre se apretaba las manos. Dudaba entre mentir o responder claramente.
-Más o menos- Contestó al final.
-¿Podría aclarar ese término?
Jared miró al hombre, que se puso más nervioso.
-Había…-Buscó las palabras más apropiadas- ciertas diferencias entre ellas. Verán ustedes, mi mujer y su hermana se llevaban diez años de diferencia, siendo Ariadna la mayor, lo que hacía que tratara a mi mujer como si todas sus decisiones fueran erróneas, la última vez fue cuando decidimos casarnos, Ariadna no lo vio apropiado y así se lo dijo a Carolina, que no se lo tomó muy bien. Ayer nos presentamos en la comida únicamente porque nos lo pidió nuestra sobrina.
Samantha lo anotó en su cuaderno y le indicó que podía irse.

El siguiente turno le tocó a Sara Arteaga, representante de la pianista. La mujer estaba tranquila, se sentó en la silla con la espalda recta y apoyó los brazos en la mesa.
Fue Samantha quien la interrogó mientras Jared apuntaba las respuestas.
-Se llama Sara Arteaga, ¿cierto?
-Sara María Arteaga.
-¿Desde hace cuantos años era la representante de Ariadna Soto?
-Diez- Sonrió-. Gracias a ella he ganado mucho.
La chica se la iba a jugar, decidió pasar directamente a lo importante, tratando de encontrar a la sospechosa desprevenida.
-¿Dónde estaba ayer a las diez de la noche?
No consiguió del todo lo que quería, la mujer abrió los ojos, sorprendida por la rapidez con la que había ido al centro del asunto, sin embargo, respondió tranquila.
-Estuve en mi casa.
-¿Hay alguien que pueda verificar su versión?
-Eso depende de la persona a la que necesiten. Estuve con mi hijo, que llegó a casa a las once, aproximadamente, puede que unos minutos más tarde.
-No tiene coartada para las diez de la noche, la hora aproximada en la que se cometió el crimen y por la que yo le he preguntado.
-No- Coincidió la mujer-, para las diez no, pero estuve en mi casa, se lo aseguro.
Samantha no dijo nada al respecto, le indicó que ya podía salir y le pidió que llamara a su hijo.
Tom Arteaga tampoco estaba nervioso, tenía los mismos nervios de acero que su madre.
Se sentó con calma en la silla y pidió un vaso de agua. Bebió en silencio y luego tiró a la papelera el recipiente desechable. Era un joven en apariencia fuerte, aunque no demasiado, miraba con cierta frialdad, mezclada con amabilidad.
Su versión coincidía con la de Jessica y con la de su madre. Había salido de la habitación de la chica a las once menos cuarto y había llegado a su casa a las once y cinco minutos de la noche. Él no podía haber cometido el asesinato.
Tras declarar, los cuatro sospechosos se fueron a sus casas, no podían retenerles allí.
Samantha se sentó frente a su escritorio y comenzó a revisar las anotaciones de los interrogatorios. Podían descartar a uno de los sospechosos por tener coartada y ella, a su vez, descartaba a la hija de la víctima por estar completamente segura de que decía la verdad, aunque oficialmente todavía fuera sospechosa. Aún quedaban tres personas que podían haber cometido el asesinato. La hermana de la víctima, al igual que el marido, tenía móvil y oportunidad para hacerlo y al ser sospechosos los dos, el asegurar que estaban juntos en su casa a la hora del crimen no les servía para librarse de las acusaciones y eso lo sabía la abogada. La representante, por su parte, tenía la oportunidad, pero por ahora, la policía desconocía el móvil, posiblemente problemas de dinero, en lo referente a que hubiera pedido un aumento y la pianista se lo hubiera negado, pero no podía estar segura de aquello, era tan sólo una suposición.
Levantó la vista de los papeles al escuchar un ruido detrás de ella. Dos segundos más tarde, Jared cogía una silla y se sentaba junto a ella, mirándola. La chica posó la vista en él y volvió a sus apuntes.
-¿Qué pasa?- Preguntó molesto él- ¿No vas a hacerme caso?
-¿Piensas dejar de comportarte como un niño malcriado que al no conseguir trabajar solo decide fastidiar a su compañera?
-¿Cómo sabes eso?
-Es lo que das a entender.
Jared dejó escapar una gran carcajada.
-Venga, te invito a comer.
-No, gracias.
Ni siquiera levantó los ojos del cuaderno.
-¿No piensas comer?
-Sí, pero ya tengo planes- Cerró el cuaderno-, gracias.
El joven no insistió, no le dio tiempo. Un hombre que casi llegaba a la cincuentena entró en el lugar y se dirigió a la mesa de la chica. Era alto, pero no demasiado, rozando el metro ochenta, posiblemente un par de centímetros menos. Tenía una expresión amable en el rostro que también se reflejaba en sus ojos marrones. Llevaba el pelo bien peinado.



2 comentarios:

  1. me gusto mucho!!! espero el prox prontito dulce :3

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    1. Muchas gracias May!!
      El día 30 estará aquí, listo para que lo leas ;)
      Un besito, guapa!!

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